2022 fue un punto de inflexión en mi vida. Y en 2023, justo el día de mi cumpleaños, volví a nacer. Quizá no sea casualidad para alguien cuyo nombre significa «el renacido».
Desde entonces aprendo de la naturaleza. De los seres vegetales, de su profundidad, su sabiduría, su silencio. Aprendo de nuevo a ver y a comprender. Sumergido en la sacralidad del ser, envuelto por la eternidad, acunado en cantos maravillosos.
En este silencio exploro las profundidades de mi alma. Aprendo a aceptar el dolor y la sombra. El ego se abre como la cáscara dura de una semilla, para que dentro pueda germinar algo nuevo. Y me vuelvo blando.
Las plantas me han enseñado a tratarme con más amor. Me han conectado conmigo mismo. Me han abierto. Me han recordado. Me han tocado. Y me han ayudado a sanar.
No haciendo que todo lo pesado simplemente desaparezca, sino haciéndolo más ligero. Más suave. Más llevadero. Como una piedra en el río que el agua pule con los años.
Es como si se hubiera abierto un mundo nuevo. Un mundo lleno de gratitud: por la vida, por lo que me rodea y por lo que fluye a través de mí.
La dieta
Una dieta va más allá de las experiencias aisladas. Uno se conecta de forma muy consciente con el espíritu de una planta o de un árbol concreto. Se escucha. Se deja guiar. Se aprende. La planta se convierte en maestra, y su lenguaje son sueños, sensaciones, imágenes e intuiciones silenciosas. Es una escuela de vida – más allá de las palabras.
Una dieta suele durar:
alrededor de un mes con hierbas y flores
alrededor de dos meses y medio con árboles
Los árboles necesitan tiempo para crecer, y el mismo tiempo para compartir su saber.
Uno renuncia. Y es ricamente recompensado.